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Viernes 18 de Mayo de 2012
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Día del deportista nicaragüense

Un 28 de Julio de 1991, hace 10 años nuestro compatriota Denis Martínez realizó una de las mejores hazañas en el Béisbol de Grandes Ligas y es lanzar el Juego Perfecto ante los Dodgers de Los Angeles. Es por eso que el gobierno de Nicaragua, bajo un decreto presidencial #34-19 del 22 de agosto de 1991, ordenó que a partir de esa fecha todos los 28 de julio se celebraría «Día del Deporte Nacional», en una intención de inmortalizar la conquista por el pinolero en el mejor béisbol del mundo, así Denis Martínez, se convirtió en el primer latinoamericano que lanza un juego perfecto en las ligas mayores.

 

 

Esta fecha generalmente pasa desapercibida entre los ciudadanos; pero porque las instituciones u organizaciones encargadas, por velar por el deporte qué es lo que han hecho? El gobierno central, a través de sus instituciones como el MINED, INJUDE, CON; qué es lo que han hecho por el deporte me pregunto? El gobierno con un escuálido presupuesto qué le da al deporte, no contribuye de manera eficaz a nuestro deporte.

 

Sin embargo muchas federaciones hacen una serie de gestiones para financiar sus actividades deportivas, ya que el gobierno a través del INJUDE no les da el presupuesto necesario para cumplir con sus actividades.

 

Así pues agradezco a los protagonistas de las diferentes competencias por promover e impulsar distintas disciplinas deportivas, que tendrán un día de fiesta y sobre todo, por practicar la amistad, el entendimiento por el bien de la patria.

 

Felicitaciones a las federaciones que promueven las disciplinas como: fútbol, baloncesto, voleibol, atletismo, ciclismo, natación, karate, béisbol, etc., para ellos que con muchos esfuerzos llevan a cabo estas disciplinas deportivas y a las empresas que los apoyan.

 

El día perfecto de Denis Martínez

Durante más de dos décadas Denis se sostuvo en el beisbol de Grandes Ligas pese a no contar con poder en sus disparos. Sin embargo, un día como hoy en 1991, pudimos comprobar que esa aparente lentitud en sus envíos era sólo el disfraz que usan los que tienen la velocidad escondida en el cerebro.

 

La tarde del 28 de julio de 1991, Martínez, quien soñó ser ingeniero en su juventud, realizó su obra maestra desde el montículo, al bordar un Juego Perfecto 2-0 ante los Dodgers de Los Ángeles, consiguiendo el punto de apoyo para saltar hacia la grandeza y de paso cubrir de orgullo a una nación, que sufrió con sus tropiezos y celebró sus triunfos.

 

Retirado desde 1998, Martínez pasa los días junto a su familia, pero a la vez debe cumplir compromisos derivados de su vínculo con el beisbol y de su labor como entrenador de pitcheo con los Cardenales de San Luis en Doble A. Viaja a menudo a Nicaragua, donde tiene inversiones en el sector turístico y de paso colabora con la Selección Nacional.

 

Martínez conversó con nosotros desde su residencia en Kendall, Miami, adonde se trasladó luego de haber radicado en Baltimore y Montreal, durante etapas distintas de su carrera de 23 años, que le permitió salir del escenario como el latino más ganador de las Grandes Ligas con 245 éxitos y la distinción de un Juego Perfecto.

 

El 31 de julio de 1994, Denis Martínez entró al Salón de la Fama del Deporte Nicaragüense. LA PRENSA/ARCHIVO

RECIBIENDO BENDICIONES

 

Muchos años después de su obra cumbre, Denis recuerda casi fotográficamente cómo se inició aquel día en el que saltaría a la gloria y le permitiría realizarse como lanzador, y de paso, llegaría a entender la grandeza del espíritu humano y la misericordia de Dios.

 

“Como todos los domingos, aquel día iría a la iglesia, pero me estaba costando un poco levantarme. Si iba a la misa de las nueve podría trasladarme con el equipo del hotel hacia el estadio. Si iba a la de las 10, tendría que irme solo y en un taxi”, relata Denis.

¿Y qué hiciste?

 

Me quedé acostado una hora más. Luego me dirigí a la Iglesia San Antonio de Padua y estuve en la misa. Al salir, me pasó algo bien curioso: me encontré con Vin Scully, el prestigiado narrador de los Dodgers, y sorprendido me preguntó, "¿Oye, tú no lanzas hoy?" Y antes de que yo respondiera algo agregó: "Ah, viniste a recibir bendiciones".

¿Hasta ese momento, lo sentías como un día normal o ya había algo especial?

 

No. Todo lo vi normal. La sorpresa de Scully era porque a esa hora ya debía estar yo en el Dodgers Stadium. Así que consciente de la necesidad de moverme rápido, salí a buscar un taxi. Debía caminar unas cuatro cuadras para tomarlo, pero en cuanto salí a la calle, justo frente a la iglesia, estaba uno. Pensé que estaba esperando a alguien. Aún así me acerqué y le pregunté que si podía llevarme, me dijo que sí y llegué a tiempo al estadio.

 

Eso es más curioso, ¿no?

 

Claro que sí. Ahora entiendo que Dios me había mandado ese carro para que nada me atrasara y pudiera llegar a tiempo al estadio. De hecho llegué en el tiempo justo que se nos permite. En aquel momento no lo vi desde esta perspectiva, pero ahora sí estoy convencido de que Dios prepara todo a la perfección. De modo que llegué y hasta tuve tiempo de rezar el rosario, como lo acostumbro siempre.

 

¿Qué sucedió después?


Recuerdo que salí a calentar, y desde que solté los primeros lanzamientos sentía algo distinto en mí, como más entusiasmo y energía que de costumbre. El cuerpo lo sentía más liviano. Obviamente nunca pensé en el Juego Perfecto, pero me sentía tan bien, que me dije: ‘Hoy voy a hacer un buen trabajo’. Yo sentía eso. Estaba muy bien.

 

COMIENZA LA FAENA

 

Al fin, Denis estaba sobre la colina del “Dodgers Stadium” con 47 mil 224 aficionados, sin imaginar siquiera que serían testigos de una hazaña, tan difícil de conseguir, que hasta ese momento sólo 14 lanzadores en la historia habían tirado Juegos Perfectos.

 

“Comencé a lanzar con un dominio tremendo. No repetía lanzamientos y sentía que tenía a los Dodgers fuera de balance. Los envíos iban donde yo deseaba, y los outs fueron llegando uno tras otro”, recuerda Martínez.

 

¿Cuándo adquirís conciencia de lo que estás haciendo?

 

No me vas a creer, pero fue hasta en el sexto inning. En ese episodio, nosotros (los Expos) le dimos el primer hit a Mike Morgan, quien también estaba tremendo, y escucho el ruido en el dugout celebrando que ya no nos estaban lanzando sin hit. En ese instante veo hacia la pizarra y me percato de que a mí tampoco me han pegado ninguno. ‘Oye, me digo, si yo estoy perfecto’.

 

¿Nadie te lo había comentado?

 

No. Nadie. Lo que pasa es que en los dugouts yo siempre me sentaba retirado de todos para mantener mi concentración y repasar sobre los bateadores que enfrentaría en la siguiente entrada. Y así llego hasta el inicio del octavo, cuando al salir hacia el box, escucho que un fanático me grita que estoy lanzando perfecto. La verdad, eso como que me asustó un poco, porque vos sabés que hay cábalas que supuestamente si se comenta lo que hacés no sucederá, pero traté de mantenerme calmado y seguí dominando.

¿Fue difícil ese último inning?

 

 

Sí, porque la presión era inmensa. Hay muchísimos perfectos que se acaban en el noveno y con dos outs. Pero me concentré en hacer uno a uno los outs, aunque Chris Gwynn me asustó con su batazo hacia el centerfield. Vi que le dio a la bola con la parte más gruesa del bate, pero también miré que no estiró totalmente los brazos y eso fue un alivio. Luego vi hacia el centerfield donde Marquis Grissom buscaba la bola y dentro de mí me decía: ‘Vamos, no la dejes caer’, y al fin había logrado la faena de mi vida”.

 

NO SABÍA QUÉ HACER

 

La bola quedó ahogada en el guante de Grissom y Denis, aunque se sintió catapultado hacia la gloria, confiesa que en ese momento no sabía qué hacer, cómo reaccionar, pese a que hasta en las tribunas del estadio los fanáticos rivales, los de los Dodgers, de pie, le aplaudían sin cesar.

 

“Hay lanzadores que saltan, gritan y hacen diversos gestos. Yo no sabía qué hacer. Ron Hassey y Tim Wallach llegaron a abrazarme, pero ellos parecían más felices que yo. Yo sí estaba feliz, sólo que no sabía cómo demostrarlo. Recuerdo que me fui al dugout, me senté y comencé a darle gracias a Dios por ese regalo tan especial que me había dado”.

 

¿Qué sucedió inmediatamente después?

 

Bueno, vinieron las entrevistas en la conferencia de prensa y la celebración en el club. Una vez que tuve un chance, llamé a mi casa en Montreal, y yo junto a toda mi familia lloramos por el teléfono y le dimos gracias a Dios. Todos (los de su familia) me contaban que ni se movieron al servicio o a buscar algo porque estaban más tensos que yo. Me decía que estaban lanzando conmigo y yo comprendí a qué se referían.

 

¿Qué tanto cambió tu vida ese juego?

 

Me ayudó de muchas maneras. Me permitió más reconocimiento a mi carrera, mejoró mis ingresos económicos y me permitió entender que Dios tenía un propósito para mi vida. Me había sacado de mis dificultades con el alcohol y ahora me daba un premio a los cambios que como persona, como padre, amigo y compañero, había hecho en mí.

Sé que hubo muchos homenajes después, ¿qué fue lo que más te llenó?

 

 

El 19 de agosto de 1991, el Gobierno de Violeta Barrios realizó un homenaje a Martínez en el Estadio Nacional, que poco después fue rebautizado con su nombre. LA PRENSA/ARCHIVO/MAURICIO OROZCO

Lo que más llenó después del juego fue haber compartido varios de los homenajes con mi mamá (q.e.p.d.). Ella, ya muy viejita y todo, fue feliz en aquellos momentos, y eso me satisfizo mucho. También me enorgullece el recibimiento que se me hizo en Nicaragua cuando llegué invitado por la presidente Violeta de Chamorro, y el hecho de que en Montreal, Canadá, se le otorga el premio Denis Martínez al mejor pitcher amateur.

 

 

En tus entrevistas posteriores al juego, hablaste bastante de Dios, ¿hubo algún tipo de reacciones a eso?

 

Por supuesto, muchísimas. Fijate que hasta hace unos pocos años recibía cartas de mucha gente que me agradecía el que yo hablara de cómo Dios nos puede cambiar la vida. Y en el caso mío, de cómo Dios te puede ayudar a dejar de tomar. Algunas de las cartas hablaban de personas que ya tenían dos, tres o cuatro años de no tomar y eso me alegró muchísimo. Pienso que ese fue el mejor logro que me dejó el Perfecto.

 

¿CÓMO ESTÁ DENIS?

 

Denis Martínez, indiscutiblemente el mejor jugador de beisbol producido por nuestro país, ha sido calificado frecuentemente como un ejemplo. Sin embargo, como es muy natural, no tiene todas las opiniones de su lado y hay quienes hasta lo califican de no compartir sus riquezas con los demás.

 

¿Vos sentís que los nicas te aprecian, o te celebran más en el extranjero?

 

Sí, siento el cariño y el respeto de la gente, pero sobre todo en los más jóvenes, los chavalos que andan entre los 20 y los 30 años y que me vieron lanzar. Los mayores me respetan, pero no son tan calurosos. Ahora yo entiendo que muchos no sientan afecto por mí, a lo mejor por lo que no me desarrollé allá. Además, hay gente que desea verte mal o quieren usarte, y como yo no doy entrada a esas cosas, entonces caigo mal.

 

¿Sos feliz?

 

Sí lo soy. He sido bendecido por Dios, tengo una familia, tengo amigos, tenemos salud. Me siento realizado como deportista y aún lucho por ser mejor persona. Tengo 38 años de casado con Luz Marina. Hemos tenido altas y bajas, pero hemos permanecido unidos. A mis 55 años veo hacia atrás y estoy satisfecho con lo que Dios me ha dado”.

 

¿Qué haces desde tu retiro?

 

Trabajo como entrenador de pitcheo con los Cardenales en Doble A y mi meta es alcanzar las Grandes Ligas. Después de 26 años sometido al trabajo duro, me hace falta estar en la competencia; sin embargo, estoy más tiempo con mi familia, veo juegos en la televisión y cumplo compromisos que tienen que ver con mi trayectoria. A la vez, tengo una inversión en Nicaragua, en la zona de Rivas, donde poseo un centro turístico.

 

¿Tus hijos qué hacen?

 

El mayor, Denis, es ingeniero civil, graduado en la Universidad de Georgia Tech; Erica, es diseñadora gráfica; Gilberto, está en la universidad, y Ricky, también está estudiando. También tengo dos nietecitos.

 

¿A quiénes has admirado en tu vida?

 

Como deportistas a Mohammed Alí y Roberto Clemente. De Alí me gustó su capacidad como boxeador y como hombre show, capaz de decir lo que sentía y a la vez aprecié la gran confianza en sí mismo. De Clemente admiré su talento y el hecho de dar su vida por nosotros cuando el terremoto. Pero también admiro a nuestro Rubén Darío. Admiro su poesía y hasta tengo un gran cuadro de él en mi casa. Lo compré con la esperanza de agarrarle algo, pero veo que la inteligencia no se pasa.

 

Aunque no se haya percatado, durante 26 años Denis resultó tan prolífero como Darío. Sólo que su obra la hizo desde el montículo y resultó poesía en movimiento. En 1991, hace 19 años, lo comprobamos en todo su esplendor.

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